Biografía

Antonio Martín Santana nació en la isla de Gran Canaria, en el Madroñal, Santa Brígida; un bello lugar conocido como “Acequia de Tafira” y que aparece en uno de los cuadros de la colección particular.

A causa de la temprana muerte de su padre, en el año 1945, ingresó en el Hogar Mario César, más conocido por “Casa del Niño”. Fue allí donde se pone de manifiesto su especial predisposición hacia el dibujo, de la que muy pronto comenzó a obtener frutos realizando diversos trabajos para la Institución.  Gracias a la ayuda de la Hermana de la Caridad Sor María Fernández Quero logra ingresar, con apenas 11 años, en las Academias Municipales en las que se encontraba Abraham Cárdenes. Allí entra en contacto con Cirilo Suárez y con la liberal Escuela Luján Pérez, dirigida por Felo Monzón. Es en ese ambiente donde comienza a participar en las bienales organizadas en al Museo Canario, la Casa de Colón y el Gabinete Literario de Las Palmas. Su primera exposición se celebra en al Museo Canario a la edad de 15 años.

Tras su prometedor inicio, es  seleccionado por la Institución para ampliar sus estudios académicos en Madrid, adonde viaja en compañía del escritor Manuel Betancourt y del escultor Emilio Hernández. Allí se especializa en pintura de corte académico en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando. Siendo más tarde Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense.

En Madrid se dedica a un arte aplicado: el diseño publicitario, trabajando en algunas de las mejores agencias de la capital.

Tras regresar a Las Palmas aprueba la oposición de secundaria e inicia su labor docente en distintos centros de la ciudad, como el Instituto Piloto de Tafira, el Santa Teresa, Alonso Quesada o La Minilla.

Durante ese periodo compagina su labor docente con la realización de distintas exposiciones temporales y alguna permanente. La primera fue presentada por Alfonso de Armas en la Casa de Colón, y algunas de las sucesivas lo fueron por Paloma Herrero, Alfonso O'Shanahan, Antonio de la Nuez, Antonio Cilleros o Laforet. Sus cuadros captan muy pronto la atención de la crítica y son calificados como una muestra ejemplar de plasmación del paisaje canario y sus gentes. Gracias a distintas exposiciones permanentes su obra viaja a Noruega, Suecia y Alemania. Entra a formar parte de la conocida tertulia que tenía lugar en torno al Gabinete Literario de Las Palmas, y allí entra en contacto con otros artistas canarios.

Comienza entonces una etapa dedicada especialmente a la plumilla en todas sus variantes, dedicándose tanto al retrato como al paisaje. Un capítulo especial merece su gran labor de documentación histórica, no realizada por ningún pintor isleño, dedicada a la evolución urbanística de la ciudad de Las Palmas desde su fundación en 1478. Fruto de esta amplia investigación son sus plumillas dedicadas a la Fundación del Real de Las Palmas  y las distintas vistas de la ciudad en el siglo XIX. Hoy por hoy, la obra de Antonio Martín sigue siendo el único documento artístico que permite captar una visión global y fidedigna de la ciudad. La plasmación fiel de la historia de Canarias, fruto de un amplio y minucioso estudio de las fuentes, queda plasmada por el autor de una forma única, pues se mueve desde una perspectiva comparatista y aúna tanto la visión el conquistador como del conquistado. La mirada del otro es así integrada dentro de la peculiar naturaleza del canario, hijo de lo otro y de lo nuestro. En el año 1986  el autor cede al Museo Canario una plumilla única y original en la que se recoge a color y con un enorme rigor histórico la ciudad de Las Palmas en el siglo XIX. Esta magnífica obra, titulada Fundación de Las Palmas, no fue incluida, durante la alcaldía de Juan Rodríguez Doreste, en la colección del Ayuntamiento de Las Palmas por falta de presupuesto, aunque sí lo hubo para  una obra sobre la emigración gallega.

La obra de Antonio Martín, dedicada en gran parte a la plasmación del paisaje canario, recoge algunos rincones entrañables de la Isla de Gran Canaria, hoy desaparecidos, como la dedicada a su casa natal en el siglo XVII. Con todo, su obra, rica en color y matices, maestra en el empleo del dibujo y única en la plumilla, sigue siendo, con su perfecta conjugación de conocimiento y sentimiento, uno de los puntales del arte canario.

En las diferentes exposiciones del autor no hizo nunca acto de presencia ningún Concejal de Cultura del Excelentísimo Ayuntamiento de Santa Brígida, y esto a pesar de haber sido invitado en múltiples ocasiones. Ésta es, cuando menos, una respuesta poco comprensible no sólo ante el único Licenciado en Bellas Artes nacido en El Madroñal en la década de los treinta, sino ante un pintor cercano, amante de la tierra que le vio nacer y que tantas veces plasmó los pequeños rincones, algunos ya desaparecidos, de tan bello pueblo.

Menos mal que la maestría no necesita del reconocimiento, por humilde y justificado que éste sea.

Yo, el pintor

No es lo más ortodoxo que el pintor haga loa de su propia persona, éste es cometido de más ágiles plumas, pero lo hago queriendo apartarme de la fácil alabanza y la crítica insustancial, que más tiene de malo que de bueno, amén de que la mayor parte de las veces sólo sirven para desorientar al público que contempla mi obra, al cual considero digno del mayor de los respetos.

Dicen que la mayoría de los pintores son incapaces de explicar su propia obra. Cierto... cuando el pintor es vacío y a su obra le falta contenido y honradez;  cuando el pintor confía en el “acaso” o la casualidad; cuando la paternidad de su obra es hija de influencias externas. En estos casos se crea una obra adúltera que por su propia naturaleza es muy difícil de explicar.

Yo soy paisajista, y los cuadros que contemplan son mis vivencias. Soy canario, un canario de las medianías, y amo mi tierra profundamente y trato de pintarla con toda la lujuriante luz que la caracteriza. Veo así la tierra que me vio nacer; puede que no lo sea, pero para mí, ¡ojalá lo fuera!.

Pinto el paisaje por el paisaje, sin falsas interpretaciones. No engaño ni siento cátedra. Por lo tanto, no busques en mis cuadros “ismos” ni afiliaciones. Soy un liberal, sólo pinto, y lo hago por vocación, con la mayor honradez, con el mayor de los respetos hacia el público y hacia mí mismo.

Antonio Martín

Presentación de Juan Laforet

No ha transcurrido aún mucho tiempo para que la brisa, portadora de retamas y romeros, irrumpa de nuevo en la Sala Cairasco. Antonio Martín, una vez más, con esos retratos de su alma que son sus paisajes, limpios, serios y honrados como ella, nos va a permitir contemplar el paisaje de nuestros campos desde la barrera de la ciudad y sabiéndonos protegidos por la civilización, con sus laberintos de asfalto y muros sin horizonte, de la cual ya no queremos escapar.

Para Antonio Martín, pintar, sentir, contemplar y vivir paisajes es un todo. Esto lo hemos podido ir captando desde su primera exposición en la Casa de Colón en 1974. Pero para nuestro maestro, hijo de las tierras altas del Madroñal, el paisaje es materia de seria reflexión; con él se libera de la jungla humana y urbana, aunque siga contando la pródiga presión de los siglos de historia y cultura.

La soledad del campo, esos rincones con la exclusiva palmera en medio del zarzal, los pequeños muros coronados de coloradas tejas, son captados con auténtica objetividad. Él mismo nos decía hace tiempo: “Veo así la tierra que me vio nacer; puede que no lo sea, pero para mí, ¡ojalá lo fuera!.” Realmente cada uno de sus cuadros nos revela una temporalidad gozada y padecida. Declara pintar con la mayor honradez posible, no sólo por él mismo, sino por el público que goza de su mayor respeto. Para ese espectador desconocido que se pierde en las profundidades de su pintura ante la situación problemática de la hora presente en que estamos sumidos.

El paisaje canario es difícil de pintar, pero para él es apasionante. Lo pinta por pintarlo. Hombre de academia pero autodidacta del sentir de sus campos, de su tierra y de sus gentes, aprendiendo una lección que no se da en ninguna escuela pero que si todos la recogiéramos habríamos salvado a la Humanidad. 

Juan J. Laforet Hernández

Poema de Amando García Carrillo de Albornoz

¿Lo sabe el pintor?

No sé.

Ahora el tiempo es sólo un instante

de luz y color.

Pues yo no sé

en qué rincón, en qué patio,

en qué balcón nuestro,

en qué roque nuestro

surge ese momento hecho de

espacios y tiempos de colores;

de la luz no quiero hablar.

Aún así, ¿lo saben los demás?

No sé

¿No lo saben?

No sé.

 

Amando García Carrillo de Albornoz

Crítica de Jose Luis Suárez

Pintor sin “ismos” ni complicaciones, no se afilia a ninguna escuela o grupo, pues es la suya la propia Naturaleza, y es ahí dónde hemos de encontrar las raíces de su personalidad. 

Es Martín un pintor, un hombre, amante de las cosas sencillas, “las cosas de mi tierra” como él mismo dice. Es canario, un canario serio, trabajador, e insiste en la copla “ en la cumbre nací y entre retamas me he criado…”.

Es Martín un canario de los que murmuran por lo bajo y miran con recelo cuando tocan algo del Barrio de Vegueta. Me dice que él es feliz leyendo las crónicas de Néstor Álamo, “por su canariedad”. Yo me considero su amigo, sé de estas “sus cosas” y muchas más.

Lo digo con el corazón en la mano, hacía falta en Las Palmas un pintor así, sin algaradas, sin payasería, un pintor que con unos pinceles, un lienzo y pintura al óleo, como siempre se hizo, pintara y despertara la sensibilidad de nuestros paisanos.

El camino del arte es duro y más que camino es vereda, vericueto, y de esto Martín sabe un rato; de andar despacio, de observar. Él sabe de medianías, dónde está “lo auténticamente canario”, y, viendo sus cuadros, creo que está en lo cierto, en lo auténtico.

Jose Luis Suárez

Crítica de Paloma Herrero

Antonio Martín es un hombre nacido en el campo y que siente vivamente la naturaleza. Continuador de la escuela de Colacho Massieu, busca los rincones pintorescos y olvidados, esos lugares casi inaccesibles a los que nadie llega y que tienen la belleza de lo no invadido, de lo casi salvaje, de la naturaleza triunfante de la horrible civilización moderna: Tejeda, Santa Brígida, El Madroñal, Azuaje… lugares captados por el pincel del artista. Hombre sencillo, confiesa que no pretende que su nombre pase a la Historia del Arte, sólo desea recoger estos rincones, dar un testimonio de estos bellos paisajes antes de que desaparezcan borrados por la civilización.

Algunos bodegones, pocas marinas, es el paisaje del campo canario el fuerte de Antonio Martín. Su pintura es nerviosa, de grueso empaste, con dominio de amarillos, verdes, violetas y rojos de una gran brillantez, hay un cierto impresionismo en sus paisajes que no llega a ser tal, pero que recoge el campo en diferentes momentos de luz solar. Muy acertados son los apuntes que toma en el campo mismo, porque por espontáneos son vivaces, y que completados con fotografías del lugar, le sirven para realizar el cuadro de mayor tamaño sobre la idea primitiva del boceto. Es la misma técnica utilizada por los impresionistas para pintar una obra, sobre todo por los impresionistas españoles (los repentes de Pinazo, los brillantes bocetos de Sorolla). Y es en estos apuntes donde Antonio Martín vuelca todos sus afanes de pintor que repentiza frente a la naturaleza y en los que recoge la mejor esencia del campo canario que tanto ama.

Paloma Herrero

Algunas imágenes en el recuerdo
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